Ponencias

En el marco de la exposición “La mujer no existe” se realizó la lectura semiótica y filosófica a cargo de Claudia Bowles, Carol Gainsborg y Fabiana Chirino.

A continuación les presentamos las miradas de estas profesionales.

 

Claudia Bowles

Considerando la diversidad de público que viene asistiendo a esta exposición  y la que hoy nos acompaña, es necesario creo, definir de manera breve algunos apuntes sobre la disciplina desde la que hablo. Es decir la semiología.

  1.  Como disciplina que aborda la interpretación y producción del sentido, es  decir que estudia ( o lo pretende) todo aquello que tiene significado o presumiblemente porta un significado (luego hablaremos más bien de significación) ; estudia no elementos aislados, sino  sistemas de significación que van desde el lenguaje más simple constituido por pocos elementos (el del tráfico vial, o el alfabeto Morse, o el código binario) hasta el más complejo de ellos que es sin duda el de las artes en sus diversas formas: la literatura por un lado y las artes plásticas, por otro.  Y además de los objetos o mensajes mismos, los procesos asociados a la producción y desciframiento del sentido (cuando ello sea posible). Buscamos pues, qué mecanismos de creación dan lugar a qué sentidos, o sentidos posibles.

    1. El punto de vista semiótico. Los mundos reales o ideales son susceptibles de ser analizados  dese múltiples  ‘puntos de vista’ . La semiótica lo hace desde el punto de vista de la comunicación. ‘sub specie communicationis’, como dirá Victorino Zechetto. La semiología analiza la rede de signos y de hechos de semiosis  que se tejen en las culturas, sus dimensiones  de significados comunicados. En ese sentido: en esta muestra hay una serie de sentidos por descubrir en la propuesta de cada artista; en el conjunto de la muestra como tejido mayor. Pero por otro lado, el que la muestra sea de mujeres, y sobre mujeres ( no para, naturalmente), está significando algo tan importante como cada uno de sus sentidos independientes. La muestra privilegia la voz/mirada/percepción femenina. Por lo menos por esta vez. Y eso naturalmente tiene un sentido. Que no se queda en el simple ‘la mujer también’. Para nada. Muy por el contrario, en esta muestra parece haber una mirada desafiante sobre aquellos elementos de la cotidianeidad femenina trocadas en arte, que interpelan al receptor. Lo que vehiculan estos ‘hechos sígnicos’ son también actitudes. Cada propuesta es un ‘gesto’ (tomando muy cuidadosamente el término de la teoría barthesiana). Y en algunos casos, el gesto es cuando menos diferente, no habitual, he escuchado por ahí incluso decir ‘desagradable’. La muestra toca desde una sensibilidad a su vez tocada, irritada, otras sensibilidades/subjetividades de tal forma que no siempre resulta fácil encontrar ‘el sentido’. Pienso por ejemplo en la obra ‘variaciones sobre un mismo versículo’, donde el juego interminable de combinaciones de palabras a a partir de un versículo de la biblia católica, pone en evidencia un sentido, para mí, muy  conmovedor. “siempre se dice lo mismo”. La multiplicidad de formas de combinar unas pocas palabras ( en una frase, claro) nos lleva a ver… entender… lo MISMO. LA MUJER ES SIEMPRE LO MISMO. SOBRE LA MUJER SE DICE SIEMPRE LO MISMO.  Y si tomamos en cuenta que ese fragmento proviene de un documento tan de hecho significativo para el mundo occidental, pues redimensionamos ese ‘lo mismo’, y tenemos una juicio categórico calado en el inconsciente colectivo.
  1. Los lenguajes. La semiótica tradicional, nos hace pensar en una cadena significante, que se sostiene en un código organizado básicamente de la siguiente manera.
    1. Existe un código compuesto por un conjunto limitado de signos (los sonidos en el caso del lenguaje verbal )
    2. Que se asocian entre sí para formar cadenas significantes. Y se asocian de dos maneras fundamentales. Este lenguaje ‘articulado’, como descubrió Martinet, nos muestra un primer encadenamiento ( palabra con palabra para formar frases/ideas) y un segundo encadenamiento, menor y menos autónomo, que se produce al interior de cada elemento significativo o semántico : la palabra, constituida por sonidos con valor diferencial pero no más con sentido propio. Y ya más allá de ello aún, corresponderá ubicar al discurso. Puesto que la comunicación no ocurre emitiendo y percibiendo textos/mensajes de la naturaleza que sean. La comunicación y la semiosis ocurren cuando logramos encontrar las claves de significación de un discurso determinado que a su vez forma parte de  un todo llamado “cultura”. Estos que tenemos aquí, no son  ‘cuadros’, videos’ instalaciones, ( o fueron performances, que incluso ya nos están). Estos textos artísticos, forman parte de un complejo entramado discursivo que es el de las artes plásticas, el discurso de lo visual como forma de comunicación específicamente artística. Y esas claves entonces estarán no en cada una de las manifestaciones solamente ( pero también claro) sino en estrecha relación con las que constituyen el todo de la muestra. El texto de este discurso plástico sería pues la de la muestra ‘ La mujer no existe’, propuesta que se asume además apelando a otro discurso que incide directamente en el discurso psicoanalítico lacaniano. En una de sus afirmaciones, como la muestra, más aparentemente desafiante. Esta me parece una clara evidencia de cómo el fenómeno de la recepción de los sentidos, a veces de manera más evidente, está mediatizado por la lectura que hacemos no solo desde nuestra capacidad cognitiva ‘de base’ (digamos) de comprender significados y encontrar sentidos, sino que en este caso está alimentada, moldeada, incluso determinada por el aporte que podamos encontrar en ese otro discurso con el que las artistas han querido vincular la propuesta: el del psicoanálisis.

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Fabiana Chirino O.

“La Mujer no existe” es una formulación de Lacan que junto a otros “No existe”, da cuenta de la imposibilidad de nombrar total y cabalmente con un significante universal a todas las mujeres. Así mismo Lacan dirá que “La relación sexual no existe”, en la medida en que no existe una proporción entre los sexos, donde hombres y mujeres encajen y se complementen a la perfección.

No existe, es la forma de Lacan de nominar un real presente tanto en la sexualidad humana como en la feminidad, puesto que no existe un modo único y predeterminado que permita a hombres mujeres a conducirse con el Otro sexo, como a todas las mujeres orientarse “normalmente”, según una norma de ser mujer.

El psicoanálisis de la orientación lacaniana, sostiene que ante la ausencia de programación sexual - lo que da cuenta de un agujero en lo simbólico que nombre y norme, los modos de hacer como hombre y como mujer- falta un saber que oriente a los sexos en su encuentro. A partir de la incidencia de lenguaje, los seres humanos nos enfrentamos a un agujero de saber, un real. Ante la falta de un saber predeterminado, lo que queda a los seres hablantes es la elección, de pareja y de posición sexuada, “Ahora bien, al no tener un saber sobre ello, entonces hacemos una elección a partir de algo distinto al saber: lo hacemos a partir de unas condiciones que llamaremos condiciones de goce. Que sería como decir que elegimos a partir de un no saber, o también, que elegimos en función de ese agujero”[ii], retoma la fórmula de Lacan “La mujer es el Otro”, es fundamentalmente Otra como tal. Es héteros y no semejante. “Y eso quiere decir que no es semejante a ella misma”. Esto hace entender porque las mujeres emplean tanto tiempo frente al espejo, en un intento de reconocerse en él o para asegurarse de ser otra de lo que es.

La segunda vertiente de esta frase apunta a que no existe un universal que nombra a todas las mujeres como en el caso de los hombres, quienes construyen un universal en relación al falo y al tener, “un hombre es quien tiene falo”. En el caso de las mujeres, se encuentran no todas regidas por la lógica fálica, por lo que la feminidad se construye no por la vía del tener, sino por la vía del ser. Así, como del lado femenino no hay una sola respuesta a la pregunta ¿Qué es ser una mujer?, cada mujer construye su respuesta y su salida, singularmente.

Freud señalaba que habían tres salidas posibles para la mujer: la maternidad, el rechazo a la feminidad y la histeria, sin embargo estas tres salidas se daban por la vía del falo, dejando inexplorada la vertiente verdaderamente femenina. Lacan va a formular que del lado femenino, existe Otro goce, más allá del falo, donde ni un hijo en el caso de la maternidad, ni el rechazo a la feminidad, ni la posición masculina de la histérica, construyen una respuesta a la feminidad, sino que más bien taponan con algo, un sustituto fálico, la condición de falta en ser en la mujer.

Para Lacan, la construcción de la feminidad no se da por la vía del universal fálico, sino por la vía de lo singular. Una por Una, una mujer, a la vez, va construyendo su respuesta única. Ana Aromí, planeatará la metáfora de “bordar, bordear” este tema, como un ejercicio de recorrer un litoral, sabiendo que no existe una única respuesta, sino respuestas que cada sujeto femenino podrá construirse respecto a la feminidad.

En la exposición, las artistas participantes han propuesto diferentes modos de bordear, bordar, tejer algo de la feminidad. Lo que da cuenta de modos singulares de responder a la pregunta ¿Qué es ser una  mujer?, sabiendo que La Mujer no existe.

Así, Wara Vargas Lara, en su collage de fotografías, muestra imágenes de mujeres, desde una perspectiva, la de la noche, las luces, usando el recurso del “desenfoque”, lo que remite a lo difuso y nebuloso que puede ser en algún momento la cuestión del goce y de la feminidad para una mujer.

Valentina Bacherer, en su obra “tejido de género”, va ubicando significantes que van representando a la mujer en distintos ámbitos, para ubicar que no todas se identifican con ellos, que algunas lo harán por su historia singular, y otras se resistirán a ello, para finalmente ubicar que hay algo de lo singular innombrable. En esta misma línea, Paola Lambertin en su obra titulada “Herencia”, a las significaciones que se transmiten, y con lo cual cada sujeto construye su respuesta a la feminidad.

Marcela Rivera, titulada su obra, “construir desde donde está”, aludiendo a la posición. Lo que remite a que la feminidad es finalmente una posición respecto a la falta, al real de la ausencia de un universal, una posición singular frente al cuerpo, a la imagen, a la maternidad, a la relación con el Otro sexo. Mientras que Raquel Schwartz, en su obra propone un tejido con cintas, metáfora que alude a la trama de sentido que es lo que cada sujeto arma en su historia con los hilos del lenguaje.

El psicoanálisis plantea, que el ser mujer es algo a escribir, bordar,  bordear. Cada una ha de encontrar su manera de hacer de mujer, como mujer y situarse en relación a la feminidad, con su cuerpo, con su historia y su goce singular.

Notas:

[1]  Claudia Velásquez (2010) “No hay relación sexual”- Disponible en: http://nel-medellin.org/no-hay-relacion-sexual/

[1] Miller, Jacques Alain (1991). “Lógicas de la Vida Amorosa”. Buenos Aires Argentina: Manantial

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Carol Gainsborg

Hombre y de mujer, no son más que significantes enteramente ligados al uso cursocorriente del lenguaje

 (Lacan)

Para comprender el significado simbólico del lenguaje y la incidencia de este en la corporeización de la realidad y los cuerpos femeninos en concreto, partiremos del reconocimiento antropológico, psicológico y sociológico del recurso del lenguaje como plataforma de sustento del sentido de vida del ser humano en el mundo, ante la imposibilidad de aprehensión y comprensión cabal de la realidad, por la imposibilidad de adecuación entre la noción nombre de los elementos de la realidad y la sustancia, o presencia real de los elementos que determinamos reales.

En este proceso de construcción de significados a partir de la selección de significantes, el ser humano construye sentido en el marco de la disposición orgánica de la realidad, la cual al mismo tiempo deriva de una composición dogmática del cosmos. Es decir, hablamos de la toma de posición objeto – mundo a partir de un discurso que no solo valida la noción de verdad – realidad, sino que implícitamente establece una jerarquía que regula el orden vigente.

Dentro el proceso de construcción discursivo a nivel histórico, producto de la imposición de un discurso occidental, es importante identificar a la significante mujer dentro el entramado de significados que hacen a nuestras realidades, reconociendo la presencia constante de una hegemonía discursiva que beneficia, económica, política, cultural, social y sexualmente a determinados grupos humanos dentro del universo masculino.

Para aclarar lo anterior, desarrollaremos en primera instancia una serie de conceptos académicos que dan cuenta de la interpretación y validación de lecturas de realidad hegemónicas a lo largo de la historia de la humanidad y su incidencia sobre las mujeres.

Lévi-Strauss (1949) en “Las estructuras elementales del parentesco” explica el incesto y la distribución de valores sociales a partir de la escasez; prima entonces un criterio económico que establece a la mujer como valor preciado de cambio.  La prohibición del incesto implicaría la renuncia de disposición de las madres, hermanas o hijas en favor de una condición ventajosa que permita a todos los hombres elegir esposa en igualdad de condiciones y perpetuar con ello la especie, en concreto el grupo humano. Esta interpretación reduce a la mujer a un objeto simbólico, un mero elemento de intercambio que la subyuga a su propio significado y al varón que dispone de ella. (Es decir, se plantea la idea del falo como elemento simbólico de construcción de una estructura social de manera inconsciente).

El planteamiento anterior, junto con la afirmación freudiana de que los términos masculino y femenino no se definen como tales, pero sí se establecen como no simétricos al convertirse el primero en paradigma de comprensión de la realidad, cierran en Lacan la lectura de la noción mujer, no como entidad corpórea, esencia biológica existente, sino como posición de orden simbólico en el mundo masculino. La mujer para Lacan no existe en cuanto genérico o universal puesto que no existe un elemento paradigmático contrapuesto a la figura del falo. Más allá del falo “lo otro”, pero este otro no existe en el paradigma vigente, sino como recurso fantasmático, la mujer solo vale en tanto síntoma, en tanto objeto de deseo masculino de completitud (madre), por tanto, no es un ser completo, es una incompletitud, un no ser “OTRO”, tanto en el reino masculino, como en el propio entorno femenino, puesto que nos hacemos (mujeres) en cuanto excepción fálica, resultado de la construcción de nuestro ser por identificación castrada con nuestro padre.

Para comprender mejor el planteamiento anterior, es importante recordar la incorporación del análisis semiológico que Lacan desarrolla en función al estructuralismo de Saussure. Para Lacan (1955) la relación, lenguaje, palabra y sujeto en la comprensión del significado y el significante es fundamental, puesto que la relación vocablo – imagen adquiere significado únicamente en el contexto del texto al que pertenece, lo que induce a Lacan a comprender al otro como un espacio abierto de significantes que establece una relación permanente entre el deseo, la ausencia y el otro. En tal sentido, la mujer con el artículo por delante, no existe, en tanto, la verdad tampoco, sino la posibilidad abierta del deseo de completencia en el otro. En ese mismo sentido, no existe lo femenino, ni lo masculino, puesto que todo sujeto valdría en tanto y cuanto significantes, eslabones de comprensión de la cadena del lenguaje. Sin embargo, la cadena de significación corresponde al orden de lo simbólico y lo simbólico, corresponde a ley del padre.

Si bien ya Lacan evidenció la imposibilidad de la universal mujer (nos obligaría a hablar de la diversidad mujeres), no podemos negar la importancia de los universales como elementos de constitución de hegemonía.  Para ello, retomamos el concepto universal manejado por Butler, Laclau y Zizek:

 “no presupuesto estático, ni un a priori dado, sino como un proceso o una condición irreductible a cualesquiera de sus modos determinados de aparición... (reconociendo) que la condición negativa de toda articulación política es "universal" (Zizek, 2004), que el proceso contestatario determina formas de universalidades que obligan conflicto productivo y, en definitiva, insoluble entre sí (Laclau, 2004), o que existe un proceso de traducción por el cual lo repudiado dentro de la universalidad es admitido nuevamente en el término en el proceso de su nueva formación (Butler, 2004)” (p.7).

Reconocer la imposibilidad del a priori, implica a su vez registrar la articulación política de los discursos de poder que derivan en la explotación del proceso de identificación del individuo para condicionar las interpretaciones de cotidianidad de las relaciones humanas consolidando las maneras en las que articulamos y reproducimos esas relaciones de poder tácitas y disimuladas. Se habla entonces, de la existencia de un poder implícito tanto en el sentido común y en las epistemes que regulan nuestras culturas (Butler, 2004).

Esta presencia de poder subyacente a toda relación humana se vela el momento en que la Modernidad asume el supuesto kantiano de que cuando ““yo” razono participo de una racionalidad que es transpersonal, se supone la universalidad de las propias reivindicaciones” (Butler, 2004, p. 21) presuponiendo la preminencia de ese razonamiento por encima de otros y haciendo anómalos a cualquier planteamiento disidente. Esto permitiría el uso de lo universal al servicio del colonialismo y el imperialismo, es decir a los intereses de la hegemonía, que empleará el recurso del temor frente a la irracionalidad como elemento expansivo del imperio o la cultura dominante.

Lo que lo universal diluye al servicio de la hegemonía, es que, si bien los seres humanos compartimos lo universal, no es lo universal todo lo que tenemos, sino las diferencias sustanciales que no pueden abstraerse y universalizarse por lo específico y vital de nuestras diferencias (Butler, 2004).

De este modo, la pretensión de disociación entre yo abstracción y mundo concreto, tampoco podría evitar la paradoja de que “las categorías por las que accedemos al mundo son continuamente rehechas por el mundo que ellas mismas facilitan” (p.26). Por lo que el sujeto y el mundo son deshechos y rehechos por el acto mismo del conocimiento (el cual constituye un ejercicio recíproco mediado por la costumbre). Sin embargo, lo universal es empleado como el mecanismo de segregación “natural” de lo humano y lo no humano, de aquello que vale y no está condenado al terror de lo negativo que no contiene nada de positivo.

Si reconocemos además que nominación no es equivalente de conocimiento, que no existe una cabal superposición entre ambos elementos, debido a que cuanto más extensa sea la cadena de equivalencias otorgada al concepto que un sector represente y mayores sean las atribuciones de representación de la emancipación global, más indefinidos serán los vínculos entre el nombre y su significado original, convirtiéndose en un significante vacío. Que pese a englobar los intereses de lo global, jamás calza lo universal, ya que siempre resta un resabio de particularidad contaminante, por lo que el proceso de nominación será el encargado de determinar lo que se está nombrando (Laclau, 2004). Situación que evidencia la imposibilidad de una auténtica emancipación total, sino solo una de carácter político, lo que conlleva a la construcción tendenciosa de significantes tendencialmente vacíos, mientras se mantiene la inconmesurabilidad entre lo universal y lo particular, se garantiza la posibilidad de apropiación del discurso de verdad y representatividad de los últimos sobre los primeros (Laclau, 2004). El vínculo hegemónico se consolidad el momento que se logra que los objetivos sectoriales de un grupo actúen como el nombre de una universalidad que los trasciende, la unión casi perfecta entre significado y significante. Lo que deriva a su vez en “la generalización de las relaciones de representación como condición de un orden social” (Laclau, 2004,p. 63) con apariencia de inalterabilidad. Laclau (2004) evidencia que la hegemonía radica en las diferencias internas son también las externas, contingentes a la lucha del individuo ante la imposibilidad concreta de lo real.

Zizek, retoma los criterios de Butler y Bordieu, y si bien reconoce la imposibilidad intrínseca del universal, debido a la existencia permanente del antagonismo de las diferencias internas del universal, reconoce como absolutamente válido el anhelo de consecución de la plenitud tanto individual como colectiva, pero para comprender este anhelo, debe entenderse desde su naturaleza no-ideológica y utópica. “Lo que lo convierte en ideológico es su articulación, la manera en que la aspiración es instrumentalizada para conferir legitimidad a una idea muy específica de la explotación capitalista (aquélla que la atribuye a la influencia judía, al predominio del capital financiero frente a un capital "productivo" que, supuestamente, fomenta la "colaboración" armónica con los trabajadores...) y de los medios para ponerle fin (desembarazándose de los judíos, claro)” (Zizek, 2006, p.101).

Se reconoce hasta aquí la construcción simbólica de mundo que los seres humanos desarrollamos a lo largo de nuestra existencia individual y colectiva ante la imposibilidad de lo real vedado que se resume en el terror y la muerte. Es decir, construimos a partir del lenguaje una comprensión (noción-conocimiento) inexacta, imposible, con permanente afán de universalidad pero que al mismo tiempo establece las diferencias y las relaciones de poder existentes al determinar a partir de las nociones establecidas, estructuras de poder social.

Para comprender cómo ese poder simbólico se corporeiza, retomaremos los conceptos de la política y lo político de Ranciere (1996), para quién, la política corresponde al ejercicio de disidencia, al ejercicio, acto            de un sujeto que irrumpe, interrumpe el proceso de gobierno mediante el cual se organizan los poderes y se distribuyen los roles, funciones y lugares sociales que dan sentido a la estructura de la sociedad.  Ejercicio de la política que se relaciona con la comprensión de anhelo de lo universal expuesto por los autores que preceden el trabajo. Sin embargo, reconoce Ranciere la presencia de lo político, entendido como lo policial, como el ejercicio de las partes de la sociedad de aquello que tienen en común y que las hace lo que son, para bajo el concepto del principio o arje fundacional que transforma la norma social en natural, para perpetuar el sistema vigente al servicio de la riqueza y la virtud que válida el ejercicio de poder y dominación de unos sobre otros. Es a partir de este concepto que vinculándolo con el “ideal regulatorio” de Foucault (Butler, 2015, p.18) permite comprender claramente la determinación de la sexualidad humana a partir de prácticas discursivas que regulan la construcción simbólica a partir de la diferencia material o biológica del sexo. Un proceso mediante el cual la reiteración forzada de las normas materializa un orden social que naturaliza lo socialmente establecido como universal válido.

Hasta aquí la reflexión propuesta genera un entrampamiento que nos hace pensar que lo que se postula es un constructivismo lingüístico radical que permitiría comprender de manera errónea que el sexo antecede al género, como una constitución prelingüística, anterior al lenguaje y por ende anterior a la construcción, una especie de arje o fantasía prelingüística mítica a la que no se tiene acceso y que el género es una construcción social que diluye la noción sexo. Hecho que determina que nos perdamos en la discusión lingüísitca, reduciendo la comprensión de la realidad a un ejercicio verbal. (¿si el lenguaje crea al sujeto quién crea al sujeto y al lenguaje?). Surge entonces la pregunta por el cuerpo, ya no vale la figura de un sujeto voluntarioso que de manera utilitaria define su género y su sexo (Butler, 2015).

Butler (2015), salva el entuerto gramatical y metafísico de la construcción del sujeto en un sistema lingüísitico que se destruye a sí mismo o un constructivismo que deriva en determinismo al comprender la construcción como deconstrucción, es decir no como determinante o noción, sino como el acto permanente, “la actuación reiterada que se hace poder en virtud de su persistencia e inestabilidad” (28). Definición que nos permite retornar a la materia, a la superficie, al cuerpo como sitio que potencia la “materialización que se estabilidad a través del tiempo para producir el efecto de frontera, de permanencia y de superficie que llamamos materia” (28).  La pregunta que nos interesa en la discusión sería ahora “¿a través de qué normas reguladoras se materializa el sexo?” (29). La construcción sería un proceso temporal que opera a través de la reiteración de normas, en este proceso el sexo se produce y también se desestabiliza. El sexo se reitera y en su reiteración se evidencian las fisuras que en su momento se cubrieron, pero que luego rebasan la norma vigente. Las fisuras serían las que permiten el proceso deconstituyente del proceso mismo de repetición, la fuerza que estabiliza y potencia la crisis productiva de la consolidación de las normas del sexo.

Esta interpretación evidencia una vez más la posibilidad de la instauración de o universal o la universalización de la nominación de realidad sexo, pero al mismo tiempo evidencia también como el ejercicio performativo de la deconstrucción del sexo no es un acto “singular” (34) ya que es el resultado de la reiteración de una norma o un conjunto de ellas que en la medida en que se concreta en cuanto acto presente oculta, las convenciones de repetición de la que es producto. Debemos además recordar que somos producto de una normativa heterosexual. El discurso normativo del sexo influencia en la medida que se “cite” la norma pero también deriva su poder de las citas que impone en el proceso de construcción identitaria del sujeto.

Estamos a partir del planteamiento anterior ante la posibilidad de la apertura de la interrogante sobre las condiciones que permiten la sistematicidad que dan poder al discurso, nuevamente se posibilita la discusión sobre las figuras filosóficas que nos han traducido la realidad a lo largo de nuestra historia. Estamos nuevamente ante la reflexión respecto a la relación entre materia, origen y significación que dan como resultado la corporeización de la realidad como al comprendemos. Una performatividad que constituye “una modalidad específica del poder, entendido como discurso” (267) que al mismo tiempo establece los límites de inteligibilidad de la realidad a partir de las cadenas de significación en la historicidad de las normas, que no solo se refuerzan en la reiteración, sino en la exclusión, en la oscurdidad de lo inefable, de lo indescible e inviable.  La performatividad discursiva es incapaz de establecer la identidad a la que se refiere puesto que requiere para ello de aquello que aborrece.

“En la medida en que la ley o el mecanismo regulador de exclusión se conciba ahistórico y universalizalista, la ley queda exenta de las rearticulaciones discursivas y sociales que genera. En la medida que esta ley implique la producción de un antagonismo sexual en su normativa simbólica solo podrá hacerlo descartando la inteligibilidad cultural, haciendo abyectas, las organizaciones culturales de sexualidad que excedan el alcance estructurante de dicha ley” (272).

Trampa hegemónica que posibilita la presencia de una democracia radical en el vacío de los significantes flotantes, incapaces de representarse tales, pero como sitios de investidura fantasmática y de rearticulación discursiva. Falla que potencia la función performativa y abierta de la resignificación política. Por tanto, resquicio de transformación permanente que representa la posibilidad de movilidad de sectores sociales preestablecidos, reordenamientos epistemológicos, axiológicos, ontológicos e inclusive metafísisicos del universo en la posibilidad actancial performativa del ejercicio de la política consciente de las estructuras de poder vigentes y del valor simbólico del lenguaje como única posibilidad de realización humana ante la imposibilidad de confrontación con lo real como tal. En esos resquicios habitamos las significantes mujeres, en acción resignificativa de nuestra presencia en el desacuerdo.

Bibliografía

Butler, J. (2015). Cuerpos que importan: sobre los límites materiales y discursivos del sexo. Buenos Aires: Paidos.

Butler,J., Laclau, E. y Zizek, S. (2004). Contingencia, Hegemonía, Universalidad: Diálogos contemporáneos de izquierda. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Lacan, J. (1981). Seminario 20, Buenos Aires: Paidós).

Lévi-Strauss, C. (1949). Las estructuras elementales del parentesco. Madrid: GBS.

Ranciere, J. (1996). El desacuerdo: Política y Filosofía. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

Zizek, S. (2006). Ideología, un mapa de la cuestión. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

 

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